el filipino había podido mantener los ojos en ambas, así como en la puerta trasera.
Había mucha iluminación, dijo, y podía ver ambas escaleras de incendio hasta el tejado, y no había visto a nadie en ellas.
Martinez había dado un aviso a la policía por teléfono y luego había vigilado la puerta principal y el pie de la escalera delantera. No había visto nada.
Ninguno de los dos había visto a nadie en el edificio ni antes ni después de que asaltaran a los Coplin por sus joyas que encajara con la descripción del ladrón.
Acababa de terminar de interrogar a los filipinos cuando se abrió la puerta de la calle y entraron dos hombres. A uno de ellos lo conocía: Bill Garren, un detective de policía de la Sección de Empeños. El otro era un joven rubio y bajito, muy elegante con pantalones de pinzas, una chaqueta corta y cuadrada, y zapatos de charol con polainas de color ante a juego con su sombrero y sus guantes. Su rostro mostraba un puchero huraño. No parecía gustarle estar con Garren.
—¿Qué andas haciendo por aquí? —me saludó el detective.
—Lo del caso de los Coplin para la compañía de seguros —expliqué.
—¿Llegas a alguna parte? —quiso saber.
—Ya casi listo para dar el golpe —dije, no del todo en serio ni tampoco del todo en broma.
—Cuantos más, mejor —sonrió con una mueca—. Yo ya he hecho el mío.
Y, asintiendo hacia el joven elegante, añadió—: Subid con nosotros arriba.