“No lo sé. Piénsalo bien, Einarson. Deliberadamente me he puesto en una situación en la que tengo que seguir adelante si tú no cedes. Puedo matarte antes de que hagas nada. Voy a hacerlo si no le das la corona a Grantham ahora mismo. ¿Entendido? Tengo que hacerlo. Tal vez —lo más probable— tus muchachos me atrapuen después, pero tú estarías muerto. Si me echo atrás ahora, seguro que me mandas fusilar. Así que no puedo echarme atrás. Si ninguno de los dos cede, ambos daremos el salto. He ido demasiado lejos como para acobardarme ahora. Vas a tener que ceder. Piénsalo bien. Es imposible que esté faroleando”.
Lo pensó mejor. Algo de color desapareció de su rostro y un leve temblor ondulante apareció en la carne de su barbilla.
Lo arrinconé moviendo lo justo el impermeable para mostrarle la boca del arma que de verdad llevaba allí, en mi mano izquierda. Tenía la artesa pesada; él no tuvo los nervios suficientes para jugársela a morir en su hora de gloria.
Un poco antes, un poco después, puede que hubiera tenido que dispararle. Ahora lo tenía.
Cruzó el estrado a grandes zancadas hasta el escritorio en el que estaba sentada la pelirroja, ahuyentó a la pelirroja con un gruñido y un gesto, se inclinó sobre el escritorio y bramó hacia el interior de la sala.
Me quedé un poco a un lado de él, un poco atrás, lo bastante cerca como para que nadie pudiera interponerse entre nosotros.
Ningún Diputado hizo el menor ruido durante un buen minuto después de que el bramido del Coronel hubo cesado. Entonces uno de los antirrevolucionarios se puso de pie de un salto y chilló con amargura. Einarson le señaló con un largo dedo moreno. Dos soldados abandonaron sus puestos junto a la pared, agarraron al Diputado bruscamente del cuello y de los brazos, y se lo llevaron