—¿Quieres decir que le disparaste sin que él te amenazara o te atacara? —preguntó Pat.
—Sí. Le tenía miedo, miedo de dejarlo hablar. ¡Lo odiaba! No pude evitarlo. Tenía que ser así. Si hubiera hablado, no le habría podido disparar. ¡Él... él no me lo habría permitido!
—¿Quién era este Hador? —pregunté.
Apartó la mirada de Pat y de mí, para dirigirla a las paredes, al techo, al extraño y pequeño difunto en el suelo.