El chino—cuyo nombre completo era Tai Choon Tau—había sido el cerebro de la banda. Su juego había sido una variante del infalible juego del tejón. Tai elegía a las víctimas y debía de ser un buen conocedor de la naturaleza humana, pues parece que nunca eligió mal. Seleccionaba a algún joven que fuera mensajero o recadero de algún banquero o corredor de bolsa—alguien que llevara grandes cantidades de efectivo o títulos negociables por la ciudad.
La muchacha Elvira luego enredaba a este joven, lo ponía de lo más nervioso por ella —lo que no debió ser muy difícil para ella— y luego lo convencía con maña de huir con ella y con todo lo que pudiera arramblar en forma de bonos o dinero en efectivo de su empleador.
Dondequiera que pasaran la primera noche de su huida, allí aparecía Hook, con espuma en la boca y dispuesto a todo. La muchacha suplicaba, se arrancaba los cabellos y demás, intentando evitar que Hook —en su papel de esposo iracundo— fuera a masacrar al joven. Al final lo conseguía, y a la postre el joven se encontraba sin la muchacha ni los frutos de su robo.
A veces se había entregado a la policía. Dos de los que encontramos se habían suicidado. El muchacho de Los Ángeles estaba hecho de otra pasta que los demás. Había presentado batalla, y Hook había tenido que matarlo.
Puedes medir la habilidad de la chica en su parte del juego por el hecho de que ni uno solo de la media docena de jóvenes a los que había desplumado había dicho lo más mínimo para implicarla; y algunos se habían tomado muchas molestias para mantenerla al margen.
La casa de Turk Street había sido el refugio de la mafia y, para asegurarse de que siempre fuera uno seguro, no habían operado su negocio en San Francisco. Los vecinos suponían que Hook y la chica eran el hijo y la hija de los Quarre, y Tai era el cocinero chino. La apariencia benigna y