—Sí. Es encantador. Un muchacho agradable, deliciosamente ingenuo, inexperto, pero verdaderamente encantador.
“¿Quiénes son sus amigos aquí?”
Ella negó con la cabeza y dijo:
—Basta de eso hasta que Su Excelencia despierte. ¿Es usted de San Francisco? Recuerdo los divertidos tranvías pequeños, y la niebla, y la ensalada justo después de la sopa, y el Coffee Dan’s.
“¿Has estado ahí?”
“Dos veces. Estuve en los Estados Unidos durante año y medio, en el vodevil, sacando conejos de los sombreros”.
Seguíamos hablando de aquello media hora después, cuando se abrió la puerta y entró el ministro de Policía.
Los muebles extrajgrandes encogieron de inmediato hasta volverse normales, la niña se convirtió en una enana, y me sentí como el hijito de alguien.
Este Vasilije Djudakovich medía casi dos metros diez de altura, y eso no era nada comparado con su corpulencia. Quizá no pesara más de quinientas libras, pero, al mirarlo, era difícil pensar en otra unidad de medida que no fueran las toneladas. Era una montaña de carne rubia y de barba rubia embutida en una levita negra. Llevaba corbata, así que supongo que tendría cuello, pero este quedaba completamente oculto por los rollos rojos de su nuca. Su chaleco blanco tenía el tamaño y la forma de un miriñaque, y a pesar de ello los botones iban a reventar. Sus ojos eran casi invisibles entre los cojines de carne que los rodeaban, y se ensombrecían en una oscuridad incolora, como el agua en un pozo