encontraban cerca de la casa de los Kavalov en el momento del asesinato, o poco antes o después de este.
El sheriff era el único de nosotros que no tenía la sospecha disimulada de que Sherry llevaba las mangas cargadas de ases de diversa índole. El sheriff ya lo veía colgado.
Sherry consiguió un abogado, un hombre pálido de aspecto astuto, con gafas de pasta y una boca delgada y tiritona. Se llamaba Schaeffer. Iba por ahí sonriendo para sus adentros y hacia nosotros.
Cuando al fiscal solo le quedaban las uñas de los pulgares y empezaba a dedicarse a ellas, le pedí prestado un coche a Ringgo y comencé a seguir el ferrocarril hacia el sur, intentando averiguar dónde se había bajado Sherry del tren. Por supuesto, los habíamos fichado, así que llevaba sus fotografías conmigo.
Mostré esas malditas fotografías en cada parada de ferrocarril entre Farewell y Los Ángeles, en cada pueblo a veinte millas de las vías a ambos lados, y en la mayoría de las casas intermedias. Y no obtuve nada.
No había pruebas de que Sherry y Marcus no hubiesen seguido hacia Los Ángeles.
Su tren los habría dejado allí a las diez y media de esa noche. No había ningún tren saliente de Los Ángeles que los hubiera llevado de regreso a Farewell a tiempo para matar a Kavalov. Había dos posibilidades:
- un avión podría haberlos llevado de regreso con tiempo de sobra;
- y un automóvil podría haberlo conseguido, aunque eso no parecía razonable.
Probé primero por el lado de los aviones y no pude encontrar a ningún piloto que hubiera llevado a un pasajero esa noche. Con la ayuda de la policía de Los Ángeles y algunos agentes de la sucursal de Los Ángeles de