La respuesta fue: “ H. J. Paterson, San Pablo, expedida para un roadster de Buick.”
Con eso se cerraba esa vía. Podríamos buscar a Paterson, pero era una apuesta segura que no nos serviría de nada. Las matrículas, una vez que empiezan a andar por caminos torcidos, son más difíciles de rastrear que los bonos de la libertad.
Todo el día había estado acumulando hambre. La llevé al grillroom y la solté.
Entre bocado y bocado, le daba vueltas a los acontecimientos del día en la cabeza. No pensé lo suficiente como para arruinarme el apetito. Tampoco había tanto en qué pensar.
El Chico Whosis vivía en un garito desde el cual se podían vigilar algunos de los apartamentos de la calle McAllister. Visitaba el edificio de apartamentos clandestinamente. Al salir, le dispararon desde un coche que debía de estar esperando en algún lugar de las cercanías. ¿Habían