casa”.
Cambié despedidas con ellos y me dirigí hacia la calle, manteniendo mi espalda hacia Bluepoint Vance.
A la puerta tuve que hacerme a un lado para dejar entrar a dos hombres. Ambos me conocían, pero ninguno me hizo caso—Sheeny Holmes (no el veterano que organizó el saqueo de Moose Jaw en los tiempos de los coches de caballos) y Denny Burke, el Rey de Frog Island en Baltimore. Un buen par—a ninguno de los dos se le ocurriría quitarle la vida a alguien a menos que tuviera asegurados el beneficio y la protección política.
Afuera, doblé hacia Kearny Street, caminando con calma, pensando que el antro de Larrouy había estado lleno de maleantes esa sola noche, y que parecía haber más que unos pocos visitantes prominentes entre nosotros. Una sombra en una puerta interrumpió mi labor cerebral.
La sombra dijo: «¡Ps‑s‑s‑s! ¡Ps‑s‑s‑s!»
Me detuve y examiné la sombra hasta que vi que era Beno, un canillita adicto al opio que en el pasado me había dado algún que otro dato; algunos buenos, otros falsos.
—Tengo sueño —gruñí al unirme a Beno y a su cargamento de periódicos en el umbral—, y ya me sé la historia del mormón tartamudo, así que si en eso es en lo que estás pensando, dilo, y sigo de largo.
—Yo no sé ná' de ningún mormón —protestó—, pero sé otra cosa.
¿Y?
—Fácil te resulta a ti decir «Bueno», pero lo que yo quiero saber es, ¿qué voy a sacar yo en claro de esto?