Tommy entró con una carpeta etiquetada: «Carey, Tom-Tom, 1361-C». Contenía algunos recortes de periódico, el más antiguo fechado diez años atrás, el más reciente, hacía ocho meses. Los leí de cabo a rabo, pasándole cada uno al hombre moreno a medida que los terminaba. En ellos, Tom-Tom Carey aparecía descrito como soldado de fortuna, traficante de armas, cazador furtivo de focas, contrabandista y pirata. Pero todo eran acusaciones, suposiciones y sospechas. Había sido capturado de diversas formas, pero nunca condenado por nada.
—No me tratan bien —se quejó plácidamente cuando terminamos de leer—.
—Por ejemplo, lo de robar esa lancha cañonera china no fue culpa mía. Me obligaron a hacerlo; a mí fue al que me jugaron sucio. Una vez que hubieron subido la carga a bordo, no quisieron pagarla. No podía descargarla. No me quedaba otra que llevarme la cañonera y todo lo demás. Las compañías de seguros deben de tenerle unas ganas locas a este Papadopoulos como para ofrecer cien mil por su cabeza.
—Bastante barato si le pone las manos encima —dije—. Quizá no sea todo lo que los periódicos pintan, pero es más que un quebradero de cabeza. Reunió a un maldito ejército de matones por aquí, se apoderó de una manzana en pleno distrito financiero, saqueó los dos bancos más grandes de la ciudad, rechazó a todo el departamento de policía, se largó, se deshizo del ejército, usó a algunos de sus lugartenientes para cargarse a unos cuantos más —ahí fue donde tu hermano Paddy encontró su fin— y luego, con la ayuda de Pogy Reeve, Big Flora Brace y Red O’Leary, exterminó al resto de sus lugartenientes. Y recuerda que estos lugartenientes no eran unos colegiales: eran timadores astutos como Bluepoint Vance, el Chiquillo Temloroso y Darby M’Laughlin, pájaros que sabían muy bien lo que se hacían.
“Ajá.” A Carey no le impresionó. “Pero de todos modos fue un fracasado. Recuperaste todo el botín, y él apenas logró escapar por su cuenta”.