Cuando el rompecráneos salió del callejón le vi la cara a la luz—un rostro de piel oscura y surcado de profundas arrugas, ancho y plano, con los músculos de la mandíbula abultados como abscesos bajo las orejas. Escupió, se subió los pantalones y avanzó pavoneándose por la calle tras el muchacho.
El muchacho entró en lo de Larrouy. El rompecráneos lo siguió adentro. El muchacho salió, y a sus espaldas —tal vez a unos veinte pies— rodaba el rompecráneos. Jack los había seguido hasta lo de Larrouy mientras yo había custodiado la puerta.
—¿Sigues llevando mensajes? —pregunté.
—Sí. Habló con cinco hombres ahí dentro. Tiene un montón de guardaespaldas, ¿verdad?
—Sí —convine—. Y ten mucho cuidado de no meterte entre ellos. Si se separan, yo seguiré al rompecráneos, tú quédate con el ganso.
Nos separamos y nos mudamos después de nuestro partido. Nos llevaron a todos los antros de San Francisco, a cabarés, figones, salas de billar, tabernas, botiquines, burdeles, garitos y lo que se tercie. En todas partes el muchacho encontraba hombres a quienes decirles su docena de palabras, y entre visita y visita, los encontraba en las esquinas.
Me habría gustado acercarme por detrás a algunos de estos pájaros, pero no quería dejar a Jack a solas con el muchacho y su guardaespaldas; parecían traerse algo demasiado importante entre manos. Y no podía encasquetarle a Jack ninguno de los otros, porque no era seguro para mí pegarme demasiado al muchacho armenio. Así que jugamos como habíamos empezado, pisándoles los talones a nuestra pareja de hoyo en hoyo, mientras la noche avanzaba hacia la madrugada.
Eran unos minutos pasados la medianoche cuando salieron de un pequeño hotel en la calle Kearny y, por primera vez desde que los