No fuimos lejos, y cuando volvimos a detenernos, el Cadillac quedó colocado convenientemente para que sus ocupantes pudieran observar el Café Venecia, uno de los restaurantes italianos más ostentosos de los que pueblan esta zona de la ciudad.
Pasaron dos horas.
Tenía la corazonada de que el tal Whosis Kid estaba comiendo en el Venetian. Cuando saliera, estallarían los fuegos artificiales, continuando la celebración desde donde se había interrumpido aquella tarde en la calle McAllister.
Esperaba que al Kid no se le volviera a atragantar la pistola en el abrigo esta vez. Pero no vayan a creer que pretendía echarle una mano en su pelea de dos contra uno.
Esta fiesta tenía la forma de una guerra entre pistoleros. Sería privada en lo que a mí respectaba. Mi esperanza era que, merodeando por los márgenes hasta que alguien ganara, pudiera obtener un pequeño beneficio para la Continental, en forma de un par de criminales buscados entre los supervivientes.
Mi conjetura sobre la presa del francés era errónea. No era el Chaval del Qué-Se-Yo. Era un hombre y una mujer. No les vi la cara. La luz les daba de espaldas. No perdieron el tiempo entre la puerta del Veneciano y su taxi.
El hombre era grande: alto, ancho y fornido. La mujer parecía pequeña a su lado. No podía guiarme por eso. Cualquier cosa que pesara menos de una tonelada habría parecido diminuta junto a él.