Lo que le dio filo a esta conversación fue que ambos hombres hablaban por encima de sus armas.
—Escucha —preguntó el Chaval con impaciencia—. Se supone que íbamos a vernos en Chi para repartirnos el botín entre tres, ¿o no?
El francés asintió.
—Pero ella me dice —continuó el Chaval— que se verá conmigo en San Luis, descartándote a ti; y a ti te pisa los talones para que te encuentres con ella en Nueva Orleans, dándome esquinazo a mí. Y luego nos la juega a los dos escapándose aquí a Frisco con el botín.
“Somos un par de pendejos, Frenchy, y no sirve de nada que nos pongamos furiosos el uno con el otro.
Hay suficiente para un buen reparto de dos partes. Lo que digo es que olvidemos lo hecho, y tú y yo lo hagamos cincuenta y cincuenta.
Entiende, no te estoy rogando. Te estoy haciendo una propuesta. Si no te gusta, ¡que te den por el culo! Me conoces. Nunca has visto el día en que no me atreviera a jugármela a tiros contigo o con cualquiera.
¡Escoge!”
El francés no dijo nada durante un rato.
Estaba convencido, pero no quería debilitar su posición cediendo demasiado pronto. No sé si creía las palabras del Chaval o no, pero creía en las pistolas del Chaval.
Se puede sacar una bala de un revólver con el martillo montado mucho más rápido que de una automática sin martillo. El Chaval llevaba las de ganar en eso. Y el Chaval lo tenía vencido porque tenía el aspecto de alguien a quien le importa un bledo lo que pase después.