Nada me ha parecido nunca mejor que mi cama en la Casa del Cañón la noche siguiente, miércoles. Mi numerito de gallito con el caballo bayo, mi pelea con Chick Orr, el trote al que no estaba acostumbrado y que había tenido que aguantar; todo eso me había llenado de dolores más que el condado de Orilla de arena.
Nuestros diez prisioneros descansaban en un viejo almacén al aire libre de Adderly, vigilados por voluntarios de entre lo más selecto, bajo la supervisión de Milk River. Estarían seguros allí, pensé, hasta que los inspectores de inmigración —a quienes había enviado recado— pudieran venir por ellos. La mayoría de los hombres del Gran Nacio habían muerto en la pelea con los peones del Circle H.A.R., y no creía que Bardell pudiera reunir suficientes hombres para intentar abrir mi prisión.
Los jinetes del Circle H.A.R. se portarían razonablemente bien a partir de ahora, pensé. Todavía quedaban dos cabos sueltos, pero el final de mi trabajo en Corkscrew no estaba lejos. Así que no estaba insatisfecho conmigo mismo mientras me quitaba la ropa con torpeza y me metía en la cama para disfrutar del sueño que me había ganado.
¿Lo conseguí? No.
Apenas me había acomodado en la cama cuando alguien comenzó a golpear mi puerta.
Era el quisquilloso y diminuto doctor Haley.
—Hace unos minutos me llamaron a su prisión temporal para examinar a Rainey —dijo el doctor—. Intentó escapar y se rompió un brazo en una pelea con uno de los guardias. Eso no es grave, pero el estado del