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nydus/Continental Op StoriesPublic
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IX

Era un cuadro bonito.

Ahí está el tal Whosis Kid en la puerta⁠—un muchacho flaco de unos veinte años, con un aspecto aún más malvado debido a que su rostro es débil, de mandíbula floja y mirada apagada. Las pistolas armadas en sus manos apuntan a todo el mundo o a nadie, según cómo se mire.

Ahí está la mujer morena, con las mejillas apretadas entre los dos puños, los ojos abiertos hasta que se les ve el verdor grisáceo. El espanto que yo había visto antes en su rostro no era nada comparado con el espanto que hay allí ahora.

Ahí está el francés —impulsado hacia la puerta ante la primera palabra del Chico—, con su revólver apuntando al Chico, el bastón todavía bajo el brazo, su rostro como una mancha blanca y tensa.

Ahí está Barbilla, con el cuerpo medio torcido, el rostro sobre un hombro para mirar hacia la puerta, y una de sus pistolas siguiendo el movimiento de su cara.

Ahí está Billie⁠: una estatua grande y maltrecha de un hombre que no ha dicho una palabra desde que Inés Almad empezó a acribillarlo a tiros para sacarlo del apartamento.

Y, por último, aquí estoy —no tan cómodo como estaría en mi cama en casa, pero tampoco histérico del todo—. No estaba del todo insatisfecho con el rumbo que estaban tomando las cosas. Algo iba a suceder en estas habitaciones. Pero ninguno de los presentes me caía lo suficientemente bien como para importarme demasiado qué le pasaba a quién. En cuanto a mí, contaba con salir de todo esto una pieza. A pocos hombres los

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