Si iba a hacerle algún bien a la señora Estep, tenía que moverme rápido. Hubiera ley o no, su vida estaba en mis gordas manos. Este hombre frente a mí —con los ojos brillantes y esperanzados ahora y la boca fruncida con ansiedad— era ladrón, chantajista, traidor y, al menos, dos veces asesino. Me repugnaba dejarlo marchar. Pero estaba la mujer muriéndose en un hospital.
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XI
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