ronroneo de los motores de los automóviles cerca de la casa, junto al camino, el suave golpeteo de pies en el porche trasero, sobre el linóleo de la cocina, bastantes pies. Un olor llegó a mí —un olor inconfundible—, el olor a chinos sin lavar.
Entonces perdí la pista de estas cosas. Tenía bastante en qué ocuparme de cerca.
El dueño de la linterna estaba en lo alto de la escalinata del sótano. Me había arruinado los ojos mirando la luz: no podía verlo.
El primer rayo tenue que envió escaleras abajo me pasó a una pulgada de distancia, lo que me dio tiempo de hacer un mapa allí en la oscuridad. Si era de estatura mediana, sosteniendo la luz en la mano izquierda, una pistola en la derecha, y exponiéndose lo menos posible, su jeta debía de estar a pie y medio por encima del inicio del haz de luz, a la misma distancia detrás de él, a seis pulgadas a la izquierda, mi izquierda.