—¿Podría tenerlo bien vigilado un par de días? —le pregunté al capitán de la cárcel de la ciudad—. Tengo trabajo que hacer y marchará mejor si él no puede decir palabra durante un tiempo.
—Seguro —prometió el capitán—. La gente de los federales no se lo llevará de nuestras manos en dos o tres días. Lo tendré bien guardado hasta entonces.