caballos de carreras y las peleas, ya fuera participando en ellas o como espectador.
“Mientras vivió el muchacho, tuvo una educación de pelo en pecho. La señora Grantham consideraba que los gustos de su marido eran vulgares, pero él era un hombre que hacía siempre su voluntad. Además, la sangre de los Grantham era la mejor de América. Ella era una mujer impresionable ante eso. Hace once años —cuando Lionel era un crío de diez—, el viejo murió. La señora Grantham cambió la ruleta familiar por una caja de dominó y empezó a convertir al crío en un Galahad de charol.
“Nunca lo he visto, pero me han dicho que el trabajo no fue un éxito. Sin embargo, ella lo mantuvo envuelto en algodón durante once años, sin dejarlo escapar ni siquiera a la universidad. Así transcurrió todo hasta el día en que cumplió la mayoría de edad por ley y entró en posesión de su parte de la herencia paterna. Esa mañana besa a Mamma y le dice con total naturalidad que se marcha a dar una carrerita por el mundo, solo. Mamma hace y dice todo lo que cabe esperar de ella, pero de nada sirve. La sangre Grantham ha despertado. Lionel promete enviarle una postal de vez en cuando y se marcha.
—Parece que se ha portado bastante bien durante su deambular. Supongo que el simple hecho de ser libre le dio toda la emoción que necesitaba. Pero hace unas pocas semanas, la compañía fiduciaria que administra sus negocios recibió instrucciones suyas para convertir unos bonos ferroviarios en efectivo y enviarle el dinero a nombre de un banco de Belgrado. La cantidad era cuantiosa —superaba los tres millones—, así que la compañía fiduciaria le informó a la señora Grantham. Le dio un ataque. Ella había estado recibiendo cartas suyas —desde París, sin decir una sola palabra sobre Belgrado.
“Mamá insistía en lanzarse a Europa de inmediato. Su hermano, el senador Walbourn, la hizo desistir. Mandó algunos cables y se enteró de