La madera áspera me raspaba la piel de la cara cada vez que respiraba. Tenía la boca tan seca como húmedas las rodillas, pues respiraba por ella para mantener silencio.
Un automóvil dobló la curva, en dirección a la ciudad. Oí al soldado gruñir suavemente, oí el chasquido de su fusil al amartillarlo. El coche pasó a su altura y siguió de largo. El soldado soltó el aire y comenzó a rascarse y a tararear de nuevo.
Pasaron otras dos semanas.
Las voces de unos hombres llegaron a través de la lluvia, apenas audibles, más fuertes, bastante claras. Cuatro soldados con abrigos y gorros de piel de oveja caminaban por el camino por el que habíamos venido, y sus voces se fueron reduciendo poco a poco hasta quedar en silencio al desaparecer tras la curva.
En la distancia, la bocina de un automóvil emitió dos notas desagradables. El soldado gruñó: un gruñido que decía claramente: «Aquí está». Sus pies chapotearon en el barro y la pila de madera crujió bajo su peso. No podía ver qué estaba tramando.
Una luz blanca danzaba alrededor de la curva del camino, y un automóvil apareció a la vista: un coche de gran potencia que iba hacia la ciudad a una velocidad que no prestaba atención a la resbaladiza humedad del asfalto. La lluvia, la noche y la velocidad difuminaban a sus dos ocupantes, que iban en el asiento delantero.
Encima de mi cabeza rugió un pesado revólver. El soldado estaba trabajando. El coche a toda velocidad se tambaleaba locamente por el cemento mojado, con sus frenos chirriando.
Cuando el sexto disparo me indicó que la pistola niquelada probablemente estaba vacía, salté de mi oquedad.