Telefoné al Viejo y le conté lo que había averiguado —lo cual no me costó gran esfuerzo—, y O’Gar y yo pasamos el resto de la noche tirando a ciegas sin dar jamás en el blanco. Interrogamos a taxistas, interrogamos a los tres Rounds que figuraban en la guía telefónica, y nuestra ignorancia al terminar era tan absoluta como cuando empezamos.
Los periódicos matutinos, en las calles poco después de las ocho de esa tarde, traían la noticia tal como la conocíamos.
A las once, O’Gar y yo dimos por terminada la noche y nos despedimos, cada cual rumbo a su respectiva cama.
No estuvimos separados mucho tiempo.