La noche anterior
Vi a Einarson y a Grantham esa tarde, y pasé varias horas con ellos.
El muchacho estaba inquieto, nervioso, sin confianza en el éxito de la revolución, aunque intentaba fingir que se tomaba las cosas como algo natural.
Einarson estaba lleno de palabras. Nos dio cada detalle de los planes del día siguiente. Me interesaba más él que lo que estaba diciendo. Podía llevar a cabo la revolución, pensé, y estaba dispuesto a dejárselo a él. Así que mientras hablaba lo estudié, examinándolo en busca de puntos débiles.
Primero lo tomé en el aspecto físico: un hombre alto, de complexión robusta y en plena madurez, no tan ágil como podría haber sido, pero fuerte y duro. Tenía un rostro sanguíneo, de mandíbula amplia y nariz corta, al que un puñetazo no le importunaría demasiado. No era gordo, pero comía y bebía demasiado para ser duro de pelar, y un hombre sanguíneo rara vez soporta que le hurguen mucho por la zona del cinturón. Hasta ahí el físico del caballero.
Mentalmente, no era un peso pesado. Su revolución era cosa burda. Triunfaría principalmente porque no había gran oposición. Tenía mucha fuerza de voluntad, me imaginaba, pero yo no le daba gran importancia a eso. La gente que no tiene muchas luces tiene que desarrollar la fuerza de voluntad para llegar a alguna parte.