Entre esto y aquello y con la ayuda de Dios, el Stutz no se había salido del camino cuando dejó de moverse.
Me levanté de la cabeza del hombre de cara chata y pregunté:
—¿Qué demonios te pasa?
Me miró con ojos blancos, se estremeció y no dijo nada.
—Dale la vuelta —dije—. Volveremos allí.
Sacudió la cabeza de un lado a otro, desesperadamente, y volvió a emitir esos ruidos con la boca que habrían podido ser palabras si yo hubiera podido entenderlos.
—¿Sabes quién era ese? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Tú sí —gruñí.
Negó con la cabeza.
Para entonces empezaba a sospechar que, dijera lo que le dijese a aquel tipo, no iba a conseguir de él más que negaciones con la cabeza.
Dije:
—Apártate del volante, entonces. Voy a conducir yo de vuelta.
Abrió la puerta y salió a gatas.
—Vuelve aquí —llamé.
Retrocedió, negando con la cabeza.
Lo maldije, me deslicé tras el volante, dije: «Muy bien, espérame aquí», y di un portazo.