—Trae tu pistolita de juguete. Una idea vino a mi cabeza y la verbalicé: —Más te vale ir bien arreglado: traje de etiqueta.
“¿Esmoquin?”
“No—el límite—todo menos el sombrero de copa. Ahora en cuanto a tu comportamiento: se supone que no eres un poli. No estoy seguro exactamente de qué se supone que eres, pero da igual. Tom-Tom Carey estará por aquí. Compórtate como si no fueras ni amigo mío ni suyo—como si no confiaras en ninguno de los dos. Nosotros seremos cautelosos contigo. Si te preguntan algo de lo que no sepas la respuesta—te refugias en la hostilidad. Pero no acorrales demasiado a Carey. ¿Entendido?”
—Yo... creo que sí. —Habló despacio, arrugando la frente—. He de actuar como si fuera en el mismo asunto que tú, pero que, fuera de eso, no somos amigos. Como si no estuviera dispuesto a fiarme de ti. ¿Es eso?
“Muchísimo. Cuídate. Te moverás sobre nitroglicerina todo el camino”.
—¿Qué pasa? Sé un buen muchacho y dame alguna pista.
Le sonreí desde abajo. Él era mucho más alto que yo.
“Podría hacerlo —admití—, pero me temo que eso te espantaría. Así que es mejor que no te cuente nada. Sé feliz mientras puedas. Cómete una buena cena. A muchos condenados les da por desayunar fuerte a base de jamón y huevos justo antes de desfilar hacia la horca. Quizá no se te antojen para cenar, pero—”
A las once menos cinco de esa noche, Tom-Tom Carey condujo un turismo negro hasta la esquina donde Jack y yo esperábamos envueltos en una niebla que parecía un abrigo de piel húmedo.
«Súbete», ordenó cuando llegamos al borde de la acera.