En la tarde del primero, bajé a la oficina de correos y localicé a Lusk, el inspector a cargo de la división en ese momento.
—Tengo una pista sobre un falsificador que ha bajado del norte —le dije a Lusk—, y al parecer va a recibir su correo en la ventanilla. ¿Me harías el favor de conseguirme un puesto para vigilarlo?
Los inspectores de correos están atados de pies y manos por normas y reglamentos que les prohíben prestar asistencia a los detectives privados, salvo en ciertos asuntos penales. Pero un inspector amigo no tiene por qué someterte a un tercer grado. Le mientes —para que tenga una coartada en caso de que haya repercusiones— y, tanto si cree que le mientes como si no, eso no importa.
De modo que al poco rato volví a bajar, merodeando a la vista de la ventanilla de la A a la D, con instrucciones para el empleado de darme el chivatazo en cuanto reclamaran el correo de Ashcraft.
No había correo para él allí en ese momento. Difícilmente le llegaría la carta de la señora Ashcraft a los empleados esa tarde, pero yo no quería correr riesgos. Me quedé al pie del cañón hasta que las ventanillas cerraron a las ocho, y luego me fui a casa.
A pocos minutos de las diez de la mañana siguiente tuve acción. Uno de los empleados me dio la señal.
Un hombre bajito con traje azul y sombrero gris blando se alejabadel ventanilla con un sobre en la mano. Un hombre de unos cuarenta años, aunque parecía mayor. Su rostro era cetrino, le costaba arrastrar los pies y, aunque su ropa era bastante nueva, necesitaba un cepillado y un planchado.