She was sitting straight and stiff in one of the Old Man’s chairs when he called me into his office—a tall girl of perhaps twenty-four, broad-shouldered, deep-bosomed, in mannish grey clothes. That she was Oriental showed only in the black shine of her bobbed hair, in the pale yellow of her unpowdered skin, and in the fold of her upper lids at the outer eye-corners, half hidden by the dark rims of her spectacles. But there was no slant to her eyes, her nose was almost aquiline, and she had more chin than Mongolians usually have. She was modern Chinese-American from the flat heels of her tan shoes to the crown of her untrimmed felt hat.
Yo la conocía de antes de que el Viejo me la presentara. Los periódicos de San Francisco llevaban un par de días llenos de sus amoríos. Habían publicado fotografías y diagramas, entrevistas, editoriales y opiniones más o menos expertas de diversas fuentes. Habían vuelto hasta 1912 para recordar la terca lucha de los chinos locales —procedentes en su mayoría de Fokien y Cantón, donde las ideas democráticas y el odio a los manchús van de la mano— para evitar que dejaran entrar en Estados Unidos a su padre, quien había huido allí cuando el dominio manchú se vino abajo. Los periódicos habían recordado el revuelo en el barrio chino cuando a Shan Fang se le permitió desembarcar: se habían colgado carteles insultantes en las calles y se había planeado un recibimiento desagradable.
Pero Shan Fang había engañado a los cantoneses. El Barrio Chino jamás lo había visto. Se había llevado a su hija y su oro —presumiblemente las ganancias acumuladas de toda una vida de tiranía provincial— al condado de San Mateo, donde había construido lo que los periódicos describían como un palacio al borde del Pacífico. Allí había vivido y muerto de una manera propia de un Ta Jen y de un millonario.