días? Era imposible que hubiera estado tan borracho como para olvidar su fealdad. Y había sido en uno de aquellos tres días cuando la señora Ashcraft y sus criados habían sido asesinados.
—Puse cables en su oficina para otra operación —le dije a Gorman—. Él debe ponerse en contacto con usted. Entréguele a la muchacha y usted sígnele los pasos de cerca a Gooseneck. Creo que vamos a cargarle tres asesinatos, así que ande con cuidado. Mañana iré a revolver las cosas un poco más; pero recuerde, pase lo que pase, cada uno juega su propio juego. No enrede las cosas tratando de ayudarme.
—Sí, sí, mi capitán —y se fue a dormir un poco.
Pasé la tarde siguiente en el hipódromo, haciendo el tonto con los purasangre mientras esperaba a que anocheciera. El hipódromo estaba a reventar con la habitual muchedumbre del domingo. Me crucé con un montón de viejos conocidos, algunos de mi bando en el negocio, otros del contrario y algunos neutrales. Uno de los del segundo grupo era Schultz «Sombrero de Truco». En nuestro último encuentro —un poli lo sacaba de un tribunal de Filadelfia camino a una condena de quince años— me había prometido abrirme desde las cejas hasta los tobillos la próxima vez que me viera. Esta tarde me saludó con una sonrisa de veinte centímetros, me invitó a un trago de lo que venden por ginebra bajo la tribuna principal y me dio el soplo sobre un caballo llamado Beeswax. No soy tan tonto como para jugar con los soplos de nadie, así que no jugué a este. Beeswax corrió tan por delante de los demás que parecía que él y sus competidores estaban en carreras distintas, y pagaba veintitantos a uno. Así que Sombrero de Truco se tomó su revancha después de todo.
Después de la última carrera, fui a comer algo al Sunset Inn y luego me dirigí al gran casino: el otro extremo del mismo edificio. Mil personas o más, de toda clase, se empujaban allí, batallando por enfrentarse al póker,