allí tres años.
En 1919, él y un japonés llamado Hasegawa estafaron a la colonia japonesa de Seattle por 20.000 dólares; Conyers se hacía pasar por un estadounidense que había ostentado un grado militar en el ejército japonés durante la pasada guerra. Tenía una medalla falsificada de la Orden del Sol Naciente que se supone que el emperador le había prendido en el pecho. Cuando el chanchullo se vino abajo, la familia de Hasegawa devolvió los 20.000 dólares; Conyers salió bien librado, con un buen beneficio y sin siquiera publicidad desagradable. El asunto se había silenciado.
Regresó a San Francisco después de aquello, compró el Hotel Irvington y llevaba viviendo allí cinco años sin que nadie pudiera añadir una sola palabra a sus antecedentes penales.
Tramaba algo, pero nadie lograba averiguar el qué. No había la menor posibilidad de meter a un detective en su hotel como cliente. Aparentemente, el establecimiento siempre estaba sin habitaciones libres. Era tan exclusivo como el Pacific-Union Club.
Este era, pues, el dueño del hotel con el que Dummy Uhl se había comunicado por teléfono antes de meterse en su ratonera de Chinatown.
Yo nunca había visto a Conyers. Dick tampoco. Había un par de fotografías en su sobre. Una era la fotografía de perfil y de frente de la policía local, tomada cuando lo habían detenido por el cargo que lo condujo a San Quentin. La otra era una foto de grupo: todos de etiqueta, con la medalla japonesa falsa en el pecho, estaba de pie entre media docena de los japs de Seattle a los que había desplumado; una foto con flash tomada mientras los guiaba hacia el matadero.
Estas fotos lo mostraban como un ave de gran tamaño, carnosa, de aspecto pomposo, con una barbilla pesada y cuadrada y ojos perspicaces.