A las ocho de la mañana siguiente me encontraba a una manzana del edificio en el que había entrado el Kid, esperando a que apareciera.
Caía una lluvia constante y empapadora, pero eso no me importaba. Estaba encerrado dentro de un cupé negro, un tipo de coche cuyo aspecto de mansa respetabilidad lo convierte en el ideal para el trabajo en la ciudad.
Esta parte de Golden Gate Avenue está flanqueada por talleres de reparación de automóviles, concesionarios de coches de segunda mano y cosas por el estilo. Siempre hay decenas de vehículos parados por manzana. Aunque me quedé allí todo el día, no tuve que preocuparme por llamar demasiado la atención.
Menos mal. Durante nueve horas seguidas, de cabo a rabo, me quedé allí sentado escuchando la lluvia en el tejado y esperando al Chaval Fulano, sin ver ni rastro de él y sin comer nada más que cerillas Fatima.
No las tenía todas consigo de que no se me hubiera escapado. No sabía si vivía en aquel sitio que estaba vigilando. Podría haberse ido a su casa después de que yo me fuera a la mía. Sin embargo, en esto del oficio de detective ese tipo de conjeturas pesimistas siempre te andan rondando, si se lo permites.
Me quedé aparcado, con el ojo puesto en la puerta mugrienta por la que mi piltrafa se había metido la noche anterior.
Un poco después de las cinco de esa tarde, Tommy Howd, nuestro chico de recados de nariz chata, me encontró y me entregó un memorándum del Viejo: