—Este es el señor Chrostwaite —dijo Vance Richmond.
Chrostwaite, encajado entre los brazos de uno de los grandes sillones del abogado, gruñó lo que tal vez pretendía ser un acuse de recibo de la presentación. Le devolví el gruñido y busqué una silla para mí.
Era un hombre enorme como un globo —este Chrostwaite—, enfundado en un traje de cuadros verdes que no hacía más que acentuar su corpulencia. Su corbata era una prenda llamativa, predominantemente amarilla, con un gran diamante incrustado en el centro, y llevaba más piedras preciosas en sus manos regordetas. Una grasa esponjosa difuminaba sus rasgos, lo que impedía que su rostro redondo y amoratado reflejara jamás otra expresión que no fuera la porcina insatisfacción que le era habitual. Apestaba a ginebra.
—El señor Chrostwaite es el agente en la Costa del Pacífico de la Mutual Fire Extinguisher Manufacturing Company —comenzó Vance Richmond en cuanto me hube sentado—. Su oficina está en la calle Kearny, cerca de California. Ayer, a eso de las dos y cuarenta y cinco de la tarde, fue a su oficina y dejó su bólido —un turismo Hudson— estacionado enfrente, con el motor encendido. Diez minutos después, salió. El coche había desaparecido.
Miré a Chrostwaite. Estaba mirando sus gordas rodillas, sin mostrar el menor interés en lo que decía su abogado. Volví la mirada rápidamente hacia Vance Richmond; su rostro gris y limpio y su esbelta figura resultaban francamente hermosos al lado de su hinchado cliente.
—Un hombre llamado Newhouse —decía el abogado—, que era dueño de un establecimiento de imprenta en la calle California, a la vuelta de la