junto a la cama, entregándole a la mujer lo que le pedía, limpiando la sangre de Red a medida que brotaba de la herida.
Me quedé junto a Flora, fumando cigarrillos de la cajetilla que me había dado. Cuando levantaba la cabeza, yo le pasaba el cigarrillo de mi boca a la suya. Ella llenaba los pulmones con una calada que se consumía medio cigarrillo y asentía. Yo le quitaba el cigarrillo de la boca. Ella exhalaba el humo y volvía a inclinarse sobre su trabajo. Yo encendía otro cigarrillo con lo que quedaba de aquel y me ponía listo para su siguiente calada.
Tenía los brazos desnudos cubiertos de sangre hasta los codos. El rostro se le mecía húmedo de sudor. Era un desastre sangriento, y llevó su tiempo. Pero cuando se enderezó para echar el último cigarrillo, la bala ya había salido de Red, la hemorragia se había detenido y estaba vendado.
—Gracias a Dios que se acabó —dije, encendiendo uno de mis propios cigarrillos—. Esas pastillas que fumas son horribles.
El hombre pequeño y asustado estaba limpiando. Nancy Regan se había desmayado en una silla al otro lado de la habitación, y nadie le prestaba la menor atención.
—No le quites los ojos de encima a este caballero, Pogy —le dijo la Gran Flora al rompecráneos, haciéndome un gesto con la barbilla—, mientras me lavo.
Me acerqué a la chica, le froté las manos, le eché un poco de agua en la cara y la desperté.
—La bala ya salió. Red está durmiendo. Volverá a buscar pleitos en una semana —le dije.
Se levantó de un salto y corrió hacia la cama.
Flora entró. Se había lavado y se había cambiado el vestido negro manchado de sangre por una especie de kimono verde, que se abría por