Por la otra puerta —la que daba a la habitación contigua— asomó la señora Quarre, con un enorme revólver de dos tiros en su mano delgada.
—Suelta eso, asqueroso pagano —chilló.
Tai dejó caer su pistola antes de volverse hacia ella, y levantó las manos bien alto, todo lo cual fue muy prudente.
Thomas Quarre entró entonces por la puerta del vestíbulo; él también empuñaba un revólver montado—el compañero del de su esposa—aunque, ante su corpulencia, el suyo no parecía tan sumamente grande.
Volví a mirar a la anciana, y apenas encontré rastro de aquella mujer bondadosa y frágil que había servido té y charlado sobre los vecinos. Aquello era una bruja si es que alguna vez había existido una: una bruja de la especie más negra y maligna. Sus ojitos ajados brillaban con fiereza, sus labios marchitos formaban un rictus tenso de lobo, y su delgado cuerpo temblaba de pura enemistad.
—Ya lo sabía —chillaba ella—. ¡Se lo dije a Tom en cuanto estuvimos lo bastante lejos para pensar con claridad! ¡Sabía que era una trampa! ¡Sabía que este supuesto detective era un compinche tuyo! ¡Sabía que era solo un plan para estafarnos a Thomas y a mí nuestras partes! ¡Pues ya os enseñaré yo, mono cobarde! ¡Y a los demás también! ¡Os voy a enseñar a toda la pandilla! ¿Dónde están esos bonos? ¿Dónde están?
El chino había recuperado la compostura, si es que alguna vez la había perdido.
—Nuestro robusto amigo quizás pueda decírselo —dijo—. Estaba a punto de arrancarle la información cuando usted llegó tan... ah... dramáticamente.
“Thomas, por el amor de Dios, no te quedes ahí empanado”, le espetó a su marido, quien según todas las apariencias seguía siendo el mismo viejo apacible que me había dado un excelente puro.