—Levántate, Cara.
Se levantó de la silla y se puso de pie junto a él. Su pistola estaba en la mano derecha, y ese lado quedaba hacia ella. Él se movió hacia el otro lado.
Los dedos de su mano izquierda se engancharon en el vestido verde de la muchacha, justo donde este tenía un escote bajo sobre el bulto de sus pechos. Su pistola no se desvió ni un instante de mí. Dio un tirón con la mano izquierda, rasgándole el vestido hasta la cintura.
—Eso hizo, Cara —dijo Tennant.
Ella asintió.
Sus dedos se deslizaron dentro de la prenda interior de color carne que ahora quedaba al descubierto, y la rasgó tal como había rasgado el vestido.
“Él hizo eso.”
Ella volvió a asentir.
Sus ojos inyectados en sangre le lanzaban pequeñas miradas calculadoras al rostro—miradas fugaces que jamás apartaban los suyos de mí ni por la fracción de segundo que yo habría necesitado para abalanzarme sobre él.
Luego—con los ojos y el arma fijos en mí—le propinó un golpe con el puño izquierdo en la pálida e inexpresiva cara de la muchacha.
Un gemido —bajo y sin prolongarse— salió de ella al venirse abajo, acurrucada contra la pared. Su rostro —bien, no había gran cambio en él. Miró estúpidamente a Tennant desde el lugar donde había caído.
—Eso fue lo que hizo —decía Tennant.
Asintió con la cabeza, se levantó del suelo y volvió a su silla.