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nydus/Continental Op StoriesPublic
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VII

—¡Oh! —exclamó y luego, recuperándose de la sorpresa—: ¡tu tobillo está peor!

Corrió escaleras abajo para ayudarme a subir. A medida que se acercaba, Noté que algo pesado colgaba y se balanceaba en el bolsillo derecho de su chaqueta de franela gris.

Con una mano bajo mi codo y el otro brazo cruzado por mi espalda, me ayudó a subir los peldaños y a cruzar el porche. Eso me aseguró que no creía que yo me había dado cuenta del engaño. Si lo hubiera hecho, no se habría arriesgado a ponerse al alcance de mis manos. ¿Por qué, me preguntaba, había vuelto a la casa después de empezar a bajar la colina con los demás?

Mientras yo me quedaba pensativo, entramos en la casa, donde me plantó en un sillón de cuero grande y blando.

—Debes de estar muriéndote de hambre después de tu agotadora noche —dijo—. Voy a ver si—

—No, siéntate. —Hice un gesto con la cabeza hacia una silla frente a la mía—. Quiero hablar contigo.

Se sentó, cruzando sus finas manos blancas sobre el regazo. Ni en el rostro ni en la postura había rastro alguno de nerviosismo, ni siquiera de curiosidad. Y eso ya era pasarse de la raya.

—¿Dónde has guardado el botín? —le pregunté.

La blancura de su rostro no servía de medida. Había estado blanco como el mármol desde la primera vez que la vi. La oscuridad de sus ojos era

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