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nydus/Continental Op StoriesPublic
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IV

probablemente enloquecido por el dolor, había saltado o caído por la ventana. La caída le había aplastado el cráneo y roto el brazo, pero se había apañado para caminar una manzana y media en ese estado.

La administración del hotel dijo que el hombre había estado allí dos días. Estaba registrado como H. F. Barrows, de la ciudad. Tenía una maleta gladstone negra en la que, además de ropa, utensilios de afeitar y demás, la policía encontró una caja de cartuchos del .38, un pañuelo negro con agujeros para los ojos recortados, cuatro ganzúas, una pequeña palanca y una cantidad de morfina, con una aguja y el resto del equipo. En otra parte de la habitación encontraron el resto de su ropa, un revólver del .38 y dos botellas de licor. No encontraron ni un céntimo.

Se suponía que Barrows había sido un ladrón, y que lo habían atado, torturado y robado, probablemente por sus cómplices, entre las ocho y las nueve de esa mañana.

Nadie sabía nada de él. Nadie había visto a su visitante o visitantes.

La habitación contigua a la suya, a la izquierda, estaba desocupada. El ocupante de la habitación del otro lado se había marchado a trabajar a una fábrica de muebles antes de las siete.

Mientras esto sucedía yo estaba en la oficina, inclinado hacia adelante en la silla para no forzar la espalda, leyendo informes, todos los cuales contaban cómo los agentes adscritos a varias sucursales de la Continental Detective Agency seguían sin dar con ningún indicio sobre el paradero pasado, presente o futuro de Papadopoulos y Nancy Regan. No había nada novedoso en aquellos informes; llevaba tres semanas leyendo otros similares.

El Viejo y yo salimos a almorzar juntos, y mientras comíamos le conté las aventuras de la noche anterior en Sausalito.

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