Oblonsky apuntó deliberadamente a otro, que aún volaba bajo entre los juncos, y junto con el estampido del disparo, esa agachadiza también cayó, pudiendo verse cómo aleteaba por donde se había cortado la hierba alta, mostrando su ala ilesa de un color blanco por debajo.
Levin no tuvo tanta suerte: apuntó demasiado bajo a su primera ave y falló; volvió a apuntar, justo cuando esta se elevaba, pero en ese instante otra agachadiza salió volando a sus mismos pies, distrayéndolo de modo que volvió a fallar.
Mientras cargaban las escopetas, se levantó otra agachadiza, y Veslovsky, que había tenido tiempo de volver a cargar, disparó dos cartuchos de perdigones al agua. Stepán Arkádievich recogió su agachadiza y miró a Levin con ojos brillantes.
—Bueno, ahora separémonos —dijo Stepán Arkándievich, y cojeando del pie izquierdo, con la escopeta lista y silbando a su perro, se marchó en una dirección. Levin y Veslovski caminaron en la otra.
Le pasaba siempre a Levin que, cuando sus primeros tiros fallaban, se acaloraba, perdía los estribos y tiraba mal todo el día. Así ocurrió aquella jornada. Las agachadizas se dejaban ver en gran número. No paraban de levantarse de justo debajo de los perros, de entre las piernas de los cazadores, y Levin podría haber enmendado su mala suerte. Pero cuanto más disparaba, más deshonrado se sentía ante los ojos de Veslovsky, quien seguía tirando alegremente a diestra y siniestra, sin cazar nada y sin turbarse lo más mínimo por sus fracasos. Levin, con una prisa febril, no lograba contenerse, se ponía cada vez más irascible y terminaba disparando casi sin la esperanza de acertar. Laska, en efecto, parecía comprenderlo. Empezó a buscar con más desgana y miraba atrás a los cazadores con una expresión que parecía de perplejidad o reproche en los ojos.