La pequeña, sentada a la mesa, golpeaba en ella con obstinación y furia con un corcho, mientras miraba fijamente a su madre con sus ojos negros como el carbón. Tras responderle a la enfermera inglesa que se sentía muy bien y que al día siguiente se iría al campo, Anna se sentó junto a la niña y comenzó a hacer girar el corcho para enseñárselo. Pero la risa fuerte y sonora de la criatura, y el movimiento de sus cejas, le recordaron a Vronsky con tanta viveza que se levantó apresuradamente, conteniendo los sollozos, y se alejó. «¿Acaso habrá terminado todo? ¡No, no puede ser!», pensó. «Él volverá. Pero ¿cómo podrá explicar esa sonrisa, esa emoción después de haber estado hablando con ella? Pero incluso si no lo explica, le creeré. Si no le creo, solo me queda una cosa, y no puedo».
Miró el reloj. Habían pasado veinte minutos. > «A estas alturas ya habrá recibido la nota y estará volviendo. Falta poco, diez minutos más... Pero ¿y si no viene? No, eso no puede ser. No debe verme con los ojos hinchados. Iré a lavarme. Sí, sí; ¿me peiné o no?», se preguntó. Y no lograba recordarlo. Se palpó la cabeza con la mano. > «Sí, estoy peinada, pero cuándo me peiné no lo recuerdo en absoluto». No podía dar crédito al testimonio de su mano y se acercó al velador para ver si de verdad se había peinado. Efectivamente lo estaba, pero no conseguía pensar cuándo se lo había hecho. > «¿Quién es esa?», pensó, mirando en el espejo el rostro hinchado de ojos extrañamente brillantes que la miraba con asustada expresión. «¡Pues soy