Y de pronto se acordó del hombre aplastado por el tren el día que había conocido a Vronsky, y supo lo que tenía que hacer.
Con paso rápido y ligero bajó los escalones que conducían desde el andén hasta las vías y se detuvo muy cerca del tren que se acercaba.
Miraba la parte inferior de los carruajes, los tornillos y las cadenas y la alta rueda de hierro fundido del primer carruaje que se movía lentamente, e intentaba calcular el punto medio entre las ruedas delanteras y traseras, y el momento exacto en que ese punto medio se hallaría frente a ella.
—Ahí —se dijo, mirando hacia la sombra del vagón, al carbón y la arena que cubrían las traviesas—, ahí, en el mismo medio, y lo castigaré y escaparé de todos y de mí misma.
Intentó arrojarse bajo las ruedas del primer carruaje en cuanto este llegó a su altura; pero el bolso rojo que intentó soltar de la mano la detuvo, y llegó demasiado tarde; perdió el momento. Tuvo que esperar al siguiente carruaje. Le vino una sensación como la que había conocido al disponerse a dar el primer chapuzón al bañarse, y se santiguó. Ese gesto familiar trajo de nuevo a su alma toda una serie de recuerdos de niña y de muchacha, y de repente la oscuridad que lo había cubierto todo para ella se rasgó, y la vida se alzó ante su vista por un instante con todas sus radiantes alegrías del pasado. Pero no apartó los ojos de las ruedas del segundo carruaje. Y exactamente en el momento en que el espacio entre las ruedas quedó frente a ella, dejó caer el bolso rojo y, encogiendo la cabeza entre los hombros, cayó sobre las manos bajo el carruaje y, con ligereza, como si fuera a levantarse de inmediato, se dejó caer de rodillas. Y en el mismo instante sintió terror ante lo que estaba haciendo. > «¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Para