Daria Alexandrovna cumplió su propósito y fue a ver a Anna. Sentía molestar a su hermana y hacer algo que a Levin le desagradara. Comprendía perfectamente lo razonables que eran los Levin al no querer saber nada de Vronsky.
Pero sentía que tenía que ir a ver a Anna y demostrarle que sus sentimientos no podían cambiar, a pesar de la modificación en su situación. Para ser independiente de los Levin en esta excursión, Daria Alexandrovna mandó al pueblo a alquilar caballos para el viaje; pero Levin, al enterarse, fue a verla para protestar.
—¿Qué te hace suponer que me disgusta que te vayas? Pero, aun si me disgusta, me disgustaría todavía más que no llevaras mis caballos —dijo.
—Nunca me dijiste que te fueras de verdad. Alquilar caballos en el pueblo me desagrada y, lo que es más importante, aceptarán el encargo y no te llevarán nunca. Yo tengo caballos. Y si no quieres herirme, tomarás los míos.
Daria Alexandrovna tuvo que asentir, y el día fijado Levin tenía preparado para su cuñada un tiro de cuatro caballos con relevos, reuniéndolos entre los de la granja y los de silla; un tiro que no lucía nada elegante, pero capaz de llevar a Daria Alexandrovna todo el trayecto en un solo día. En aquel momento, cuando se necesitaban caballos para la princesa, que se marchaba, y para la comadrona, completarle el número le resultó a Levin una tarea difícil, pero los deberes de la hospitalidad no le permitían consentir que Daria Alexandrovna alquilara caballos mientras se hospedaba en su casa.