El portero guardó un silencio tonto, pero cuando Korney le dijo que debían despedirlo, Kapitonitch se le abalanzó, y agitando las manos en la cara de Korney, empezó:
—¡Oh, sí, faltaría más, con seguridad que no la habrías dejado entrar! ¡Después de diez años de servicio, y jamás una palabra que no fuera de amabilidad, y vas tú y le sueltas: «¡Venga, márchate, vete a paseo, lárgate de aquí!»! ¡Oh, sí, eres muy astuto para la política, no lo diego! ¡A ti no hace falta enseñarte cómo estafar al amo y cómo robar abrigos de piel!
—¡Soldado! —dijo Kornéi con desprecio, y se volvió hacia la enfermera que entraba.
—Vea, ¿qué le parece, Marya Efimovna?: la dejó entrar sin decirle una palabra a nadie —dijo Kornéi dirigiéndose a ella—. ¡Alekséi Aleksándrovich bajará enseguida; y váyase a la guardería!
—¡Bonito negocio, bonito negocio! —dijo la niñera—. Tú, Kornéi Vasílievich, harías bien en retenerlo como sea, al amo, mientras yo corro a llevármela de aquí de algún modo. ¡Bonito negocio!
Cuando la enfermera entró en la habitación de los niños, Seryozha le contaba a su madre cómo él y Nadinka se habían caído al deslizarse en trineo colina abajo y habían dado tres vueltas de campana. Ella escuchaba el sonido de su voz, observaba su rostro y el juego de sus expresiones, le tocaba la mano, pero no seguía el hilo de lo que él decía. Tenía que irse, tenía que dejarlo; eso era lo único en lo que pensaba y lo que sentía. Oyó los pasos de Vasili Lukich, que se acercaba a la puerta tosiendo; oyó también los pasos de la enfermera al aproximarse, pero se quedó sentada como petrificada, incapaz de empezar a hablar o de levantarse.
—¡Señora, querida! —empezó la nodriza, acercándose a Anna y besándole las manos y los hombros—. Dios le ha traído una gran alegría a nuestro niño en su cumpleaños. No ha cambiado ni un ápice.