—¡Aquí está otra vez! ¡Otra vez lo comprendo todo! —se dijo Anna en cuanto el coche hubo arrancado y, meciéndose levemente, rodó sobre los pequeños adoquines del camino empedrado, y de nuevo una impresión siguió rápidamente a otra.
—Sí; ¿cuál fue lo último en lo que pensé con tanta claridad? —trató de recordarlo. «—¿“Tiutkin, coiffeur”? —no, eso no. Sí, en lo que dice Yashvin, que la lucha por la existencia y el odio es lo único que une a los hombres. No, es un viaje inútil el que hacen —se dijo, dirigiéndose mentalmente a unos viajeros en un carruaje tirado por cuatro caballos, que al parecer iban de excursión al campo—. Y el perro que llevan no les servirá de nada. No pueden escapar de ustedes mismos». Al desviar los ojos hacia donde Piotr había mirado, vio a un obrero casi borracho perdido, con la cabeza caída, a quien un policía llevaba arrastras. «Vaya, él ha encontrado un camino más rápido —pensó—. El conde Vronsky y yo tampoco encontramos esa felicidad, aunque esperábamos tanto de ella». Y por primera vez Anna proyectó aquella luz cegadora con la que lo estaba viendo todo en su relación con él, en la que hasta entonces había evitado pensar. «¿Qué buscaba en mí? No tanto amor como la satisfacción de su vanidad». Recordó sus palabras, la expresión de su rostro, que recordaba a la de un perro perdiguero sumiso, en los primeros tiempos de su relación. Y todo