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nydus/Anna KareninaPublic
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VIII

Arkádivich, apretándole la mano—. Aun si tus peores suposiciones fueran ciertas, yo no me tomo —ni jamás me tomaría— la atribución de juzgar a ninguna de las partes, y no veo por qué nuestras relaciones debieran verse afectadas. Pero ahora, haz esto, ven a ver a mi mujer”.

—Bueno, nosotros vemos el asunto de otra manera —dijo Alekséi Aleksándrovich con frialdad—. Sin embargo, no vamos a discutirlo.

«No; ¿por qué no vas a venir hoy a comer, de todos modos? Mi esposa te espera. Por favor, ven. Y, sobre todo, hablalo con ella. Es una mujer maravillosa. ¡Por Dios te lo suplico, de rodillas!»

—Si tanto lo deseas, iré —dijo Alekséi Aleksándrovich suspirando.

Y, ansioso por cambiar de conversación, preguntó por lo que a ambos les interesaba: el nuevo director del departamento de Stepán Arkádivich, un hombre todavía joven que de repente había ascendido a un puesto tan alto.

Alejo Alejándrovich no había sentido antes ninguna simpatía por el conde Aníchkin y siempre había diferido de él en sus opiniones. Pero ahora, por un sentimiento fácilmente comprensible entre funcionarios —el odio que siente quien ha sufrido una derrota en el servicio hacia quien ha recibido un ascenso—, no podía ni verle.

—¿Pues bien, le has visto? —dijo Alekséi Aleksándrovich con una sonrisa malévola.

—Desde luego; estuvo en nuestra sesión de ayer. Parece conocer muy bien su trabajo y ser muy enérgico.

—Sí, pero ¿a qué se dirige su energía? —dijo Alekséi Aleksándrovich—. ¿Aspira a hacer algo, o simplemente a deshacer lo hecho? Es la gran desgracia de nuestro gobierno: esta administración de papeles, de la cual él es un digno representante.

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