—Vienes a verme —dijo la condesa Lidia Ivánovna, tras una pausa—; tenemos que hablar de un asunto doloroso para ti. Daría cualquier cosa por haberte ahorrado ciertos recuerdos, pero los demás no opinan igual. He recibido una carta suya. Está aquí, en Petersburgo.
Alekséi Aleksándrovich se estremeció ante la alusión a su mujer, pero su rostro adoptó de inmediato la rigidez cadavérica que expresaba una absoluta impotencia en el asunto.
—Lo esperaba —dijo.
La condesa Lidia Ivánovna lo miró extasiada, y se le llenaron los ojos de lágrimas de arrobamiento ante la grandeza de alma de este.