lo confirmaba ahora. «Sí, en él estaba el triunfo del éxito. Por supuesto que también había amor, pero el elemento principal era el orgullo del éxito. Se jactaba de mí. Ahora eso se acabó. No hay nada de qué enorgullecerse. No de qué enorgullecerse, sino de qué avergonzarse. Me ha quitado todo lo que ha podido y ahora ya no le sirvo para nada. Está cansado de mí y procura no portarse de un modo deshonroso conmigo. Se le escapó ayer: quiere el divorcio y casarse para quemar sus naves. Me ama, pero ¿cómo? Se ha perdido el encanto, como dicen los ingleses. Ese tipo quiere que todo el mundo lo admire y está muy satisfecho consigo mismo —pensó, mirando a un empleado de cara roja que montaba un caballo de picadero—. Sí, ya no tengo el mismo sabor para él. Si me alejo de él, en el fondo de su corazón se alegrará».
Esto no era una mera suposición; lo vio con toda claridad bajo la luz penetrante, que le revelaba ahora el sentido de la vida y de las relaciones humanas.
“Mi amor sigue creciendo, cada vez más apasionado y egoísta, mientras que el suyo va menguando y menguando, y por eso nos estamos distanciando”. Continuó cavilando. “Y no hay remedio. Él lo es todo para mí, y cada vez quiero más que se entregue a mí por completo. Y él quiere cada vez más alejarse de mí. Caminamos al encuentro del otro hasta el momento de nuestro amor, y desde entonces nos hemos ido alejando irresistiblemente en direcciones opuestas. Y eso no se puede cambiar. Él me dice que estoy celosa de remate, y yo misma me he dicho que estoy celosa de remate; pero no es verdad. No estoy celosa, sino insatisfecha. Pero. …” abrió los labios y cambió de postura en el carruaje, agitada por el pensamiento que de repente la asaltó.