El lunes tuvo lugar la sesión habitual de la Comisión del 2 de Junio.
Alekséi Aleksándrovich entró en la sala donde se celebraba la sesión, saludó como de costumbre a los miembros y al presidente, y se sentó en su lugar, poniendo la mano sobre los documentos preparados ante él.
Entre esos papeles se encontraban las pruebas necesarias y un borrador del discurso que se proponía pronunciar. Pero en realidad no necesitaba estos documentos.
Recordaba cada punto, y no creía necesario repasar en su memoria lo que iba a decir. Sabía que, cuando llegara el momento y viera a su enemigo frente a él, esforzándose ostensiblemente por adoptar una expresión de indiferencia, su discurso fluiría por sí solo mucho mejor de lo que podía prepararlo ahora.
Sentía que la importancia de su discurso era de tal magnitud que cada una de sus palabras tendría peso.
Entre tanto, mientras escuchaba el informe de costumbre, tenía el aire más inocente e inofensivo. Nadie, al mirar sus manos blancas, de venas hinchadas y dedos largos, que acariciaban con tanta suavidad los bordes del papel blanco que tenía ante sí, y el aire de cansancio con que su cabeza se inclinaba hacia un lado, habría sospechado que en pocos minutos brotaría de sus labios un torrente de palabras que desencadenaría una tempestad terrible, haría que los miembros gritasen y se atacasen unos a otros, y obligaría al presidente a pedir orden.
Terminado el informe, Alekséi Aleksándrovich anunció con su voz apagada y delicada que tenía varios puntos que someter a la consideración de la reunión en relación con la Comisión para la Reorganización de las Tribus Nativas.