Todos se levantaron para saludar a Daria Alexandrovna. Vassenka solo se incorporó un instante y, con esa falta de cortesía hacia las damas tan propia del joven moderno, apenas hizo una reverencia y reanudó su conversación, riéndose de quién sabe qué.
—Me ha estado preocupando Masha. No ha dormido bien y hoy está terriblemente fastidiosa —dijo Dolly.
La conversación que Vassenka había iniciado con Kitty seguía por los mismos derroteros de la noche anterior, hablando de Anna y de si el amor debe situarse por encima de las consideraciones mundanas.
A Kitty le desagradaba la conversación, y se sentía perturbada tanto por el tema y el tono en el que se desarrollaba, como por la conciencia del efecto que causaría en su marido. Pero era demasiado simple e inocente como para saber cómo cortar aquella charla, o siquiera para ocultar el placer superficial que le producía la tan evidente admiración del joven.
Quería ponerle fin, pero no sabía qué hacer. Hiciera lo que hiciese, sabía que su marido lo observaría y le daría la peor interpretación. Y, de hecho, cuando le preguntó a Dolly qué le pasaba a Masha, y Vassenka, esperando a que terminara aquella aburrida conversación, comenzó a mirar con indiferencia a Dolly, la pregunta le pareció a Levin un acto de hipocresía tan antinatural como repugnante.
—¿Qué dices, vamos a buscar setas hoy? —dijo Dolly.
—Por favor, desde luego, y yo también iré —dijo Kitty, y se sonrojó. Quería, por educación, preguntarle a Vassenka si iba a ir, y no se lo preguntó.
—¿A dónde vas, Kostya? —le preguntó a su marido con aire culpable, mientras este pasaba a su lado con paso firme. Ese aire culpable confirmó todas sus sospechas.