la chaqueta anticuada y raída, que evidentemente no era su atuendo cotidiano, en sus ojos astutos y hundidos, en su ruso idiomático y fluido, en el tono imperativo que se le había vuelto habitual por el uso prolongado, y en los gestos resueltos de sus manos grandes, rojas y bronceadas por el sol, con un viejo anillo de compromiso en el dedo meñique.
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