casa a tiempo para el té de maman a las doce. Entró, recogió sus partituras y, despidiéndose de todos, se dispuso a marchar.
—Permítame que la acompañe a casa —dijo el coronel.
—Sí, ¿cómo puedes ir sola por la noche de esta manera? —intervino la princesa—. De todos modos, enviaré a Parasha.
Kitty vio que Varenka apenas podía contener una sonrisa ante la idea de que necesitara un acompañante.
—No, yo siempre voy sola y nunca me pasa nada —dijo, cogiéndose el sombrero.
Y besando a Kitty una vez más, sin decir lo que era importante, salió con paso valiente con la música bajo el brazo y se desvaneció en la penumbra de la noche de verano, llevándose consigo su secreto de lo que era importante y lo que le daba aquella calma y aquella dignidad tan envidiables.