sostenía con ambas manos las cintas de un gorro blanco. Con un rostro lleno de luz y pensamiento, lleno de una vida interior sutil y compleja, ajena a Levin, ella miraba más allá de él hacia el fulgor del amanecer.
En el preciso instante en que esta aparición se desvanecía, los ojos sinceros lo miraron. Ella lo reconoció, y su rostro se iluminó con un asombrado deleite.
No podía equivocarse. No había en el mundo otros ojos como aquellos. No había en el mundo más que una sola criatura que pudiera concentrar para él todo el brillo y el sentido de la vida. Era ella. Era Kitty.
Comprendió que ella iba hacia Ergushovo desde la estación de ferrocarril. Y todo lo que había estado agitando a Levin durante aquella noche en vela, todas las resoluciones que había tomado, se desvanecieron de golpe.
Recordó con horror sus sueños de casarse con una campesina. Solo allí, en el carruaje que se había cruzado al otro lado del camino y desaparecía rápidamente, solo allí podía encontrar la solución al enigma de su vida, que tanto le había abrumado últimamente.
Ella no volvió a mirar hacia afuera. El sonido de los resortes del carruaje ya no era audible, los cascabeles apenas se podían oír. El ladrido de los perros indicaba que el carruaje había llegado a la aldea, y todo lo que quedaba eran los campos vacíos alrededor, la aldea enfrente, y él mismo aislado y apartado de todo aquello, deambulando solitario por el camino real desierto.
Miró de soslayo al cielo, esperando encontrar allí la concha de nube que había estado admiran-do y tomando como símbolo de las ideas y los sentimientos de aquella noche. No había en el cielo nada que se pareciera en lo más mínimo a una concha. Allí, en las remotas alturas de arriba, se había consumado un