“Quizá fue lo mejor. Tendrás que disculparme tantas cosas. Debería decírtelo. …”
Esto era una de las cosas de las que había tenido intención de hablar. Había decidido desde un principio decirle dos cosas: que él no era casto como ella, y que no era creyente. Era angustioso, pero consideraba que debía contarle ambos hechos.
“¡No, ahora no, más tarde!”, dijo.
“Muy bien, más tarde, pero sin falta debes contármelo. No le temo a nada. Quiero saberlo todo. Ahora ya está decidido”.
É añadió: “¿Queda convenido que me aceptarás sea como fuere, que no me abandonarás? ¿Sí?”
“Sí, sí.”
Su conversación fue interrumpida por mademoiselle Linon, quien con una sonrisa afectada pero tierna vino a felicitar a su alumna favorita. Antes de que se hubiera ido, los sirvientes entraron con sus felicitaciones. Luego llegaron los parientes, y comenzó ese estado de absurda dicha del cual Levin no salió hasta el día después de su boda. Levin vivía en un estado continuo de torpeza e incomodidad, pero la intensidad de su felicidad iba en aumento todo el tiempo. Sentía continuamente que se esperaba mucho de él —qué cosa, no lo sabía—, y hacía todo lo que le pedían, y todo le proporcionaba felicidad. Había pensado que su compromiso no se parecería en nada a los demás, que las condiciones habituales de las parejas comprometidas arruinarían su felicidad especial; pero terminó haciendo exactamente lo que hacía la gente, y su felicidad no hizo más que aumentar con ello, volviéndose cada vez más especial, más y más distinta a todo cuanto hubiera sucedido jamás.
“Ahora comeremos dulces”, dijo la señorita Linon, y Levin se marchó a comprar dulces.