Cayó con la cabeza sobre el armazón de madera de la cama, sintiendo que el corazón se le reventaba. El grito espantoso no cesaba, se volvía aún más espantoso y, como si hubiera alcanzado el límite supremo del terror, de repente se detuvo. Levin no podía dar crédito a sus oídos, pero no cabía duda; el grito había cesado y oyó un rumor y un ajetreo sùbditos, y una respiración acelerada, y la voz de ella, jadeante, viva, tierna y dichosa, que murmuraba suavemente: «¡Ya pasó!».
Él levantó la cabeza. Con las manos caídas y exhaustas sobre la colcha, luciendo extraordinariamente bella y serena, ella lo miró en silencio e intentó sonreír, y no pudo.
Y de repente, desde el misterioso y terrible mundo lejano en el que había estado viviendo durante las últimas veintidós horas, Levin se sintió transportado en un instante de vuelta al viejo mundo cotidiano, glorificado, sin embargo, por un resplandor de felicidad tal que no podía soportarlo.
Las cuerdas tensas se rompieron, los sollozos y las lágrimas de alegría que jamás había previsto surgieron con tal violencia que todo su cuerpo tembló, que durante un buen rato le impidieron hablar.
Cayendo de rodillas ante la cama, se llevó la mano de su mujer a los labios y la besó, y la mano, con un débil movimiento de los dedos, correspondió a su beso.
Y mientras tanto, allí a los pies de la cama, en las hábiles manos de Elizaveta Petrovna, como una luz titilante en una lámpara, yacía la vida de una criatura humana, que nunca antes había existido y que ahora, con el mismo derecho, con la misma importancia para sí misma, viviría y crearía a su propia imagen.